viernes, 17 de mayo de 2013

Bolívar escribe a su amante


             El 26 de noviembre de 1825 Bolívar escribe desde Plata a su amante Manuela Sáenz para decirle:  “Mi amor:  Sabes que me ha dado mucho gusto tu hermosa carta, es muy bonita la que me ha entregado Salazar.  El estilo de ella es un mérito capaz de hacerte adorar por tu espíritu admirable.  Lo que me dices de tu marido es doloroso y grandioso a la vez.  Deseo verte libre pero inocente, justamente porque no puedo soportar la idea de ser el robador de un corazón que fue virtuoso, y no lo es por mi culpa.  No se como hacer para conciliar mi dicha y la tuya, con tu deber y el mío, no se cortar este nudo que Alejandro con su espada no haría más que intrincar más y más; pues no se trata de espada ni de fuerza, sino de amor puro y de amor culpable, de haber y de falta, de mi amor, en fin, con Manuela la bella”
            Esta carta breve revela el problema que angustia al Libertador por haberse enamorado de una mujer casada y  que a la vez afecta a ella por resistirse al sacrificio del amor en aras de la fidelidad conyugal y la conveniencia social.
            Los amores de Bolívar con Manuelita Sáenz, comienzan cuando éste, el Libertador, hace su entrada triunfal a Quito en medio de la alegría y el entusiasmo popular.  Entonces Manuelita Sáenz, desde un balcón adornado con flores y guirnaldas, lanza una corona de laureles a las manos del Libertador y éste emocionado exclama sobre su corcel:  “¿qué mano de Reina me ha coronado?”.
            Manuelita era hija de Simón Sáenz de Vergoras, español realista, y Rosana Vélix Alfaro, patriota muy criolla que perdió la vida en una emboscada cuando Manuela apenas tenía once años.  La niña contó una vez a un soldado combatiente que pidió descansar en su casa que “Yo he visto en sueños a un hombre de mirada de fuego, de rasgos finamente esculpidos, de gestos firmes,  cabalgando en un caballo blanco que parecía tener alas, alcanzaba a los astros, destruía las fronteras, liberaba los nobles; la frente  nimbada por el rayo y dorada por la gloria, comandaba las multitudes reunidas que lo aclamaban, el se inclinó hacia mí para abrazarme con efusión”.  Ese hombre de sus sueños de joven era Bolívar, el Libertador, a quien siguió abandonando hogar y esposo, hasta los propicios días de su muerte, la que supo lejos de Santa Marta.  Entonces, enloquecida, se hizo morder de una serpiente, pero salvada por Jonatás, terminó en un convento de monjas.


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