viernes, 9 de agosto de 2013

El Tesoro de la Iglesia


             El 14 de febrero de 1814 el Cabildo eclesiástico de Caracas entregó al Libertador, mediante préstamo acordado entre éste y el clero de la capital, un lote de alhajas que no era indispensable para el culto y que bien se podía disponer para atender los gastos de la guerra por la independencia.
Tales alhajas, consistentes en plata, oro y piedras preciosas, no cumplirán el destino para del cual fueron confiadas, pues seis meses después, José Bianchi, comandante la flotilla naval de los patriotas, levará anclas y se fugará con ellas.
            Bianchi era un comodoro de Córcega que vino contratado por los patriotas para servir en la guerra de independencia, pero lo tildaban de “pirata”, acaso con razón o por la forma audaz y temeraria como derrotaba al enemigo en los mares venezolanos.  Lo cierto es que lo estuvo haciendo bien hasta que previendo la pérdida  de la Segunda República por la forma terrible como avanzaba el ejército de José Tomás Boves, optó por alzarse con el tesoro de la Iglesia que se le había confiado en custodia.
            Bianchi, siempre  tan sagaz para prever la victoria y la derrota, supo el 26 de Agosto de 1814 que nada más tenía que buscar al lado de los patriotas, de manera que aprovechó la coyuntura de la evacuación de Caracas, acordada por una Junta de Guerra, para levar anclas y darse a la vela con 104 arrobas de alhajas a bordo.
            Bolívar y Mariño, avisados de lo que ocurría, se embarcaron en el “Arrogante Guayanés”  y “La Culebra” y le dieron caza al comodoro.  De buque a buque y en alta mar llegaron a un acuerdo.  Bianchi devolvió las dos terceras partes del tesoro y con el resto estuvo rondando por las islas antillanas y finalmente regresó a Córcega.

            Mientras tanto, una versión funesta se  daba en Venezuela a lo sucedido hasta el punto de confabularse Ribas y Piar contra el Libertador, apresarlo en Carúpano y enviarlo al destierro junto con Mariño y otros oficiales.

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