viernes, 23 de agosto de 2013

Las Amantes del Libertador


            El 5 de enero de 1822 Bolívar se halla en Cali, en campaña hacia el Sur.  Hace cuatro días que ha llegado a este valle poblado a la orilla del río de su nombre. En estos días le ha escrito a José Juaquín Olmedo y a Santander informándole de sus operaciones, y tiempo como siempre le ha quedado para el amor.  Ese mismo día 5 le escribe a su adorada Bernardina... “lo que puede el amor!!!” Le prosigue:  “No pienso más que en ti y en cuanto tiene relación con tus atractivos.  Lo que veo, no es más que la imagen de lo que imagino.  Tú eres sola en el mundo para mí!. Tú, ángel celeste, sólo animas mis sentidos y deseos más vivos. Por ti espero tener aún dicha y placer, porque en ti está la que yo anhelo.  Después de todas estas y otras muchas cosas que no digo por modestia y discreción, no pienses que no te amo.  No me acuses de indiferente y poco tierno.  Ya ves que la distancia y el tiempo sólo se combinan para poner en mayor grado las deliciosas sensaciones de tus recuerdos.  Es justo no culparme más con tus vanas sospechas.  Piensa sólo en lo que no puedes negar de mi pasión y constancia eterna. Escríbeme mucho; ya estoy cansado de hacerlo yo y tu, ingrata no me escribes!!!.  Hazlo, o renuncio a este delicioso alivio”.
            El sobre de esta carta en poder del diplomático colombiano Enrique Naranjo Martínez, dice “Para la Melindrosa y más melindrosa bella Bernardina”.  Bolívar, como se ve, por ésta y muchas otras cartas, era un gran enamorado, un apasionado y fervoroso devoto de los altares de Venus.  Por algunas de estas amantes sufrió descalabros e inconvenientes en la guerra, pero también algunas de ellas  llegaron a salvarle la vida. 

A Bernardina, a quien le escribe tan romántica carta desde Cali, se suman: Fanny, en Europa; Pepita Machado, en Angostura; Louise Crober, en Kingstown; doña Josefina Nuñez, mezclada en la falsa alarma de Ocumare de Costa en 1816; Manuelita Saenz, la bella dama que le salvó la vida el 25 de Septiembre de 1828 y quien por seguirlo dejó a su esposo, el médico inglés James Thorner, y otras que figuran en las crónicas de cada pueblo donde el Libertador se detenía en el curso de sus intensas campañas de guerra.

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