jueves, 11 de julio de 2013

El Araguaney


        El 29 de mayo de 1948, Gobierno del General Isaías Medina Angarita, los Ministerios de Educación y de Agricultura y Cría dictaron conjuntamente una Resolución por medio de la cual declaran al Araguaney, árbol nacional, en agradecimiento a su extraordinaria hermosura.
       La misma prohibe terminantemente su explotación y convoca a darle preferencia a su siembra en parques, plazas, avenidas y en aquellos lugares donde sea dable su presencia emblemática.
       El nombre científico de este árbol que alumbra con su amarillo encendido toda la floresta venezolana, es Tabebuia Chirysantha y pertenece a la familia botánica de las Bignoniáceas.  Por supuesto, no fue fácil su escogencia como Arbol Nacional.  Existen otros de gran prestancia, pero se impuso la realidad de su florecimiento llamativo y esplendente durante los meses de enero a abril, vale decir, cuando está en su plenitud la estación de verano.
       Bastaría con leer este pasaje poético de Filiberto Ruiz, para darse cuenta de su significado:  “Un Araguaney lleno de lumbre simula con sus flores trazos de soles.  En las avenidas representa un río lleno de llamas, un canto de amor, de crepúsculo y de auroras.  Solitario en el parque reina en el trono esplendoroso del trópico, y el resto de la arboleada simula  con sus flores trazos de soles.  En las avenidas representa  un río lleno de llamas, un canto de amor, de crepúsculo y de auroras.  Solitario en el parque reina en el trono esplendoroso del trópico, y el resto de la arboleada simula ser su corte de amores”.
       Arístides Bastidas, por su parte, en su libro la Ciencia Amena, lo señala como un hermoso exponente del reino vegetal que eligió a Venezuela como su hábitat, de donde es autóctono.  “Aquí se quedó, desafiando indemne, las iras de las sequías en verano o de las inundaciones en invierno.  Ni se muere de sed cuando le falta agua, ni se ahoga en ella cuando le sobra.  Si sus genes hablaran podrían contarnos la historia de estos parajes americanos, en los días en que no estaban habitados por ningún hombre”.
       El poeta Jorge Schnmidke le cantó un día en que los rayos del sol jugaban con sus flores:  “En la alta cumbre, en la cañada honda / en el valle feroz y en la pradera, / para hospedar la núbil primavera / alza el Araguaney su tienda blonda. / Su copa de amarilla vestidura / prende de la catedral de la espesura / su calendro de doradas flamas / porque la magia que su tronco encierra / chupa el oro de la tierra / y lo presenta en flor sobre las ramas”.




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