sábado, 15 de junio de 2013

Miranda soldado de Francia


    
            El 5 de septiembre de 1792 Francisco de Miranda recibió sus despachos definitivos para servir como Mariscal de Campo en el ejército del norte de Francia bajo las órdenes del general Dumouriez
            Miranda en esta fecha estaba más comprometido para servir en Rusia que en Francia, pero había salido de Londres a respirar otros aires y  librarse un poco del acoso de la realidad española a la que nada podía agradarle sus ideas y  planes con respecto a la libertad de las colonias americanas.
            Miranda llevó muchas cartas de recomendación de amigos de Francia como Petión.  Amigos que después lo pusieron en ese camino de alistarse como Mariscal de Campo en la revolución francesa.
Un día, después de haber recibido los despachos, se puso en camino contra los prusianos que avanzaban desde Bélgica y Holanda.  El once de septiembre saluda a Dumouriez y al día siguiente con dos mil hombres comienza su acción bélica en la población de Mortone y derrota a los seis mil soldados del conde de Kalkreuth.  Es como él mismo escribiera en su diario “mi golpe de ensayo en el ejército francés”.  Era también la primera vez que el ejército enemigo retrocedía.  Miranda se iniciaba con una suerte opuesta  a la que le acompañaría después cuando trató de iniciar la guerra de emancipación en Venezuela.
Pero así como se inicia con buen pie también sobrevendrán problemas e intrigas dirigidas a detenerlo en sus avances de militar victorioso.  Miranda rápidamente supera el prestigio y la jerarquía de generales franceses como La Bourdonnaye, a quien reemplaza en la comandancia del ejército del Norte en pleno sitio a la ciudad de Amberes.  Se lamentaba entonces el general La Bourdonnaye de que el Ministro de Guerra en vez de nombrar en su lugar a un general francés más antiguo se le reemplazaba con "un español, el Mariscal de Campo Miranda, quien se encontraba en París mientras  los demás nos batíamos en Jemmapes".  Pero ésta no era precisamente la verdad sino la manifestación de quien siempre habría de valerse de la intriga para detener y oscurecer los méritos que finalmente reconocería a Miranda la Revolución Francesa al inscribir su nombre en el monumental Arco de Triunfo de París.



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