lunes, 3 de junio de 2013

El Descubrimiento de América

 
             El 12 de octubre de 1492, viernes por la noche, Cristóbal Colón continuaba penetrando el horizonte cuando a las dos de la madrugada un cañonazo disparado desde La Pinta retumbó en el espacio.
            Aquel retumbar que alborozó a la desconcertada tripulación era la continuación del grito ¡Tierra! de Rodrigo de Triana anunciando el nacimiento de la América India.
            Allí estaba, a seis millas de distancia, la que sería después como una vírgen violada por el bauprés de las barcas.
            Mientras llegaba la aurora las tres barcas se prepararon y se pusieron al pairo.  La tripulación oró, cantó y comenzó a darle rienda suelta a la imaginación hasta ya al amanecer cuando la luz del trópico descubrió el inmenso escenario paradisíaco en donde seguidamente cayeron de rodillas el Almirante, los hermanos Pinzón y la marinería, aferrados todos a los estandartes de Castilla.
            Húmeda quedó la arena con las lágrimas agradecidas de los nautas, pero los primitivos de la región exótica retrocedían ante aquellos que parecían alados caídos del cielo.  Luego se avinieron en su lenguaje gestual y canjearon frutos y artesanías de la selva por baratijas.  Colón siguió navegando y descubrió otras islas que hoy se llaman Cuba y Haití.  Se llevó como testimonio de aquel viaje varios ejemplares tribales.  Regresó a principios del año siguiente con buen viento aunque sin lastre.  Dejaba definitivamente abierta la ruta hacia occidente y ante los ojos del viejo mundo un nuevo y poderoso continente.
            Realizó Colón más tarde un segundo viaje en el que reconoció las Antillas Menores, las islas de sotavento y volvió a tocar en Haití donde su hermano fundó a Santo Domingo.  Exploró las costas de Jamaica y Puerto Rico.  En un tercer viaje descubrió a Trinidad y Venezuela.  Vio por primera vez al Orinoco y llegó a confundirlo con el Ganges y tal vez con un río del Paraíso.  De regreso volvió a desembarcar en Haití, pero allí los nuevos expedicionarios nada querían con el Dios que le había abierto los camino, de manera que lo encerraron y lleno de cadenas lo humillaron y así lo retornaron a su punto de partida.  En su cuarto y último viaje descubrió las costas de Veraguas y ya de vuelta y anclado en España para siempre, se vio despreciado por el Rey Fernando, quien lo  dejó morir de pena y sumido en la mayor miseria.


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