lunes, 3 de junio de 2013

La proxiidad de un nuevo continente


El 11 de octubre de 1492, día jueves, los marineros recogieron una rama de espino llena de bayas rojas y frescas recién truncadas.  Recogieron también algunas cañas de río, yerbas y otras cosas indicadoras de que la tierra estaba cerca.  Había transcurrido más de dos meses y estaban en los últimos tres días del plazo que la tripulación había concedido a Colón para regresar a España en vista de lo prolongado, penoso e incierto de aquel viaje que le depararía tierras nuevas, inmensas y colmadas de riquezas.

            Después de aquella persistente batalla diplomática para convencer a Portugal, Italia, Inglaterra y finalmente a los Reyes de España de la necesidad de aquel viaje y luego que se había dado la gran oportunidad, al Almirante le costaba navegar atrás y por eso se resistía a retroceder al punto de partida sin antes haber logrado su destino.  Aquello de regresar era como asesinar la esperanza por la espalda.  Había que seguir adelante contra lo desconocido.  Había demasiados indicios para aventurarse a una equivocación.  Hasta Séneca la había visto en el sueño de su canto:  Tras luengos años  vendrá/ un siglo nuevo y dichoso/ que el océano anchuroso/ sus límites pasará/ descubrirán grandes tierras/ verán otro nuevo mundo/ navegando el gran profundo/ que ahora el paso nos cierra/...
              Por eso Colón tuvo fe ciega hasta el último día en que las bayas rojas se vieran flotar sobre el agua desplazada por la Santa María que tripulaba, La Pinta y la Niña de los hermanos Pinzón mientras pendiente en la proa iba Rodrigo de Triana con el corazón en sus ojos.    Colón al igual que la tripulación estaba jadeante de contento y agregó un jubón de terciopelo a la recompensa de 10 mil maravedíes al primero que adivinara la tierra.  Aquella noche nadie durmió.  Todos la pasaron en vela. 

            El Almirante, en la alta popa, con sus ojos azules, sus cabellos bermejos ondulantes por el viento, penetraba la noche buscando más allá del horizonte.

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